El subte frenó donde no debía: en una oscuridad espesa y maloliente, entre Pueyrredón y Medrano. El chirrido metálico se estiró como un alarido y después quedó un silencio tan profundo que hasta los tubos del techo dejaron de parpadear.
—Qué raro —murmuró un hombre de pelo oscuro y barba, aferrado al caño—. La B nunca frena acá.
La gente empezó a hablar por lo bajo; los celulares buscaron señal sin encontrar nada, y en algún lado un bebé lloró como si presintiera algo. El aire olía a cemento húmedo y a esa electricidad vieja de los túneles porteños: mezcla de óxido e historia.
Entonces la escuchó.
Una voz que no venía de los parlantes ni del pasillo. Una voz que rimaba.
“Bajá si te llama el eco,
bajá si el tiempo te nombra,
la línea vibra en tu pecho,
hay algo atrás de la sombra.”
Era un rap. Pero no uno cualquiera.
Era ella.
Naiara 13.
La piba tumbera que cantaba en los vagones: la del parlante golpeado con sticker de libélula, la que improvisaba como si pudiera doblar esquinas del tiempo con la lengua. La que todos conocían sin conocer.
Estaba sobre las vías, iluminada apenas por la luz roja de emergencia. Su silueta tatuada parecía recortada contra la nada. Y ahí estaba la libélula: azul, vibrante, tatuada en el antebrazo derecho como una geometría viva.
El hombre sintió un escalofrío. No por la escena en sí, sino porque ella lo miró directo, como si supiera su nombre desde antes.
—Llegaste.
Él no recordaba haberle dicho quién era.
Detrás de ella había una puerta oxidada, imposible, incrustada en el muro del túnel. Ningún plano del subte la mostraba. Estaba marcada con un símbolo hecho en tiza blanca: un ocho acostado, irregular, casi tembloroso.
El símbolo del que había leído en foros viejos: el Ocho Porteño. La forma prohibida que interfería con la manipulación temporal de SkyMind.
—¿Qué es esa puerta? —preguntó el hombre, tragando saliva.
Naiara apoyó los dedos sobre la libélula tatuada. Por un instante pareció latir bajo la piel.
—El único lugar donde SkyMind no puede entrar.
En ese momento, las luces del vagón titilaron. Los celulares murieron. Y una voz metálica surgió de los parlantes, entrecortada, como si peleara contra su propio futuro:
—Pasaj… no ab… por su segu… la lí… recal… tem… en curs…
—¿Recalibración temporal? —susurró el hombre.
Naiara alzó la vista, seria por primera vez.
—Si no bajás ahora, pibe… no vas a recordar que existís.
Y le tendió la mano.
Detrás de ella, el ocho brilló apenas, como si respirara.
El hombre dudó, pero el silencio del vagón pesaba más que el miedo. Nadie lo miraba: todos parecían ausentes, sumidos en una quietud de letargo. Apretó la mochila contra el pecho, esquivó el contacto de los demás y saltó desde el estribo directo a las vías, sintiendo el golpe seco del balasto bajo los pies.
De cerca, Naiara 13 imponía todavía más misterio. No se le podía calcular la edad: de lejos parecía una piba; a esa distancia, una mujer cansada de todo. El maquillaje oscuro, corrido en los bordes, le agrandaba los ojos, alerta, como si no durmiera nunca. El pelo —tan negro como la ropa— le caía a un costado de la cara, y la piel, pálida hasta el exceso, parecía emitir un resplandor artificial bajo la luz roja. Tenía una aura de noche porteña pegada a la figura.
La libélula se tensaba con cada gesto. Advertencia y escudo.
—¿No tenés miedo de que te vean? —preguntó él, sintiendo que cada palabra rebotaba como un eco ajeno.
Naiara lo miró con esa mezcla de desconfianza y ternura que solo tienen quienes aprendieron a sobrevivir de verdad.
—¿Quién te dice que no quiero que me vean?
Se oyó un rumor grave, subterráneo, como un trueno contenido. La puerta se entreabrió sola y exhaló un aire frío y viejo, con olor a papel mojado, ozono y algo más antiguo.
Naiara avanzó un paso y se quedó en el umbral, girando apenas la cabeza para que él la siguiera. Él vaciló: era como entrar en un sueño del que no se vuelve. Pero el rap todavía flotaba en el aire, prometiendo una resistencia que no tenía nada que ver con la esperanza.
Detrás, el subte seguía inmóvil.
Adelante, el misterio de la Línea B y el Ocho Porteño esperaban.
Adentro, el aire era más denso. Julián —todavía sin nombre— apenas distinguía siluetas en la penumbra. Por un momento solo existieron el eco de sus pasos y la respiración contenida de Naiara.
Entonces sintió el temblor: un estremecimiento bajo tierra, como si algo enorme, ajeno, se deslizara por el costado de la vía arañando la realidad. Una corriente helada les recorrió la espalda. Detrás, desde el vagón, llegaba un murmullo distorsionado: SkyMind intentando recomponerse en los altavoces.
Naiara se detuvo de golpe, tan cerca de la pared que la sombra de la libélula parecía buscar refugio en los ladrillos.
—¿Sentís eso? —susurró, los ojos clavados en la oscuridad—. Hay algo que no quiere que crucemos.
No hizo falta decir más: lo que venía no era humano. Él apretó los dientes.
—Por si esto termina acá… me llamo Julián Orsini —dijo, con la voz apenas temblorosa—. ¿Vos?
Ella sostuvo la mirada; la mandíbula tensa. Una sonrisa breve asomó bajo el maquillaje.
—Naiara. Naiara 13.
Una vibración profunda sacudió el túnel. El resplandor rojizo del símbolo del ocho pareció encenderse, como advirtiendo algo.
Un zumbido metálico empezó a recorrer las vías, acercándose, trayendo olor a ozono y una carga eléctrica en la lengua. Se miraron. No hubo tiempo para el miedo: solo para ese acuerdo mudo de quienes saben que sobrevivir juntos es la única opción.
Se internaron más allá de la puerta justo cuando el peligro invisible desbordaba el umbral. Por un instante, la libélula vibró sobre la piel de Naiara, como si anticipara una batalla de otro tiempo.
Los pasos resonaron en un pasillo más frío y antiguo de lo esperado, curvado como una costilla. El eco deformaba cada ruido, como si el subsuelo intentara tragarse cualquier cosa que se animara a nacer ahí.
A sus espaldas, la oscuridad cobró densidad. El zumbido mutó en un rumor de voces sin idioma: sílabas imposibles que arañaban el oído desde un rincón inalcanzable.
—No mires atrás —murmuró Naiara, apretando la mandíbula—. Hay cosas que no buscan que las veas, solo que las nombres.
Julián sintió una presión en el pecho: una nostalgia absurda por una infancia que no recordaba haber tenido. El aire tenía gusto a encierro y a palabras olvidadas. Al borde del campo visual creyó ver tentáculos de sombra reptando por las paredes húmedas.
El túnel vibró otra vez. El zumbido ahora parecía una risa lejana, grave, como si un dios extraviado festejara su propio regreso. Y, desde muy lejos, se filtró la voz de SkyMind:
—Atención… presencia anómala… desvío en curso… recalibración suspendida…
Aceleraron sin decir nada. El peligro no era solo de carne o metal: era un horror que se metía en las grietas del lenguaje, una memoria oscura que la ciudad había preferido enterrar. Y, como en los mitos viejos, todavía no tenía nombre.
La puerta al refugio no era una puerta: era un cartel de “Salida de emergencia” falseado, pintado y despintado mil veces, colgando de una bisagra oxidada. Naiara golpeó tres veces con un ritmo cortado, una contraseña de la que nadie se acordaba del todo. El metal se abrió apenas, lo suficiente para mostrar un ojo desconfiado detrás.
—¿Quién es el chabón? —gruñó una voz ronca, medio tapada por humo de tabaco y el resplandor de un televisor viejo que pasaba estática.
—Viene conmigo —dijo Naiara, firme, sin soltar del todo la mochila.
—Nadie entra sin ser parte —replicó el ojo. Detrás, otros murmuraban en una mezcla de lunfardo y códigos de radio, como si la resistencia usara el lenguaje clandestino como abrigo.
Julián sintió que las miradas lo pesaban. Cuando por fin entró, vio que el búnker era una sala baja, con paredes forradas de boletos de subte antiguos, pizarras cubiertas de fórmulas y versos, termos pasando calor y mate entre manos callosas, y un mural enorme en birome negra: un Eternauta de ojos vacíos cruzando la nieve, rodeado de letras y símbolos.
Nadie saludó. Nadie confió.
Naiara, sin vueltas, lo presentó:
—Se llama Julián Orsini. Lo traje porque sin él no hay resistencia.
Un murmullo cruzó la sala. Un viejo con boina —que parecía jefe, pero no— resopló:
—¿De dónde salió?
—Del Archivo Central de SkyMind —respondió Julián, bajando la mirada, pero sin esconder la voz—. Sé dónde guardan los planos originales de la B. Sé lo que están por borrar.
La desconfianza se volvió otra cosa: expectativa, miedo real.
—¿Y por qué vendrías a ayudarnos?
Julián dudó. Lo miraban como si fuera una pieza recién caída del tablero.
—Porque si borran el Ocho, no solo desaparecen ustedes. Desaparezco yo.
Nadie rió. Nadie preguntó más.
Un trueno subterráneo sacudió el refugio. Alguien apagó el televisor; otro tapó los termos. Afuera, lo viejo seguía rondando.
Y por primera vez, la esperanza y el terror compartieron mesa entre los Desorbitados.
La tensión podía cortarse con una navaja. Nadie confiaba en Julián, y cada frase sonaba a clave.
—¿Este de dónde salió?
—No sé, pero que no toque la pizarra.
—Ponéle el ojo encima, por las dudas…
Los murmullos se trenzaban en un idioma inventado a fuerza de derrotas y alguna victoria muda.
De pronto, la sala se quedó quieta. Una sombra apareció por la escalera del fondo y todos se enderezaron como por reflejo.
Entró una mujer de unos cincuenta años: fuerte y flaca, pelo canoso atado en cola tirante, mirada dura de quien no pide permiso. Jean gastado, campera vieja de la UTA, de antes del apagón.
Su voz cortó el aire como un bisturí:
—¿Y este quién es?
Naiara no bajó la guardia:
—Julián Orsini. Viene del Archivo Central. Sabe dónde guarda SkyMind los planos originales de la línea B. Y lo que van a borrar si no hacemos algo.
La mujer no pestañeó. Se acercó a Julián, lo midió de arriba abajo. Imposible adivinar si lo aprobaba.
—¿Vos sabés lo que implica estar acá, pibe? —preguntó. La sola pregunta inmovilizó a todos.
Julián, tragando saliva, asintió.
—Sé lo que está en juego. Sé lo que pasa si el Ocho desaparece.
Ella le apoyó una mano firme en el hombro. No era amistad ni amenaza: era una decisión tomada por encima de todos.
—Entonces no nos queda mucho tiempo. Afuera ronda algo viejo y hambriento, y SkyMind ya nos tiene en la mira.
El trueno volvió, más cerca. La mujer miró al grupo y dijo, sin levantar la voz:
—Abran el mapa. Si el pibe sabe lo que dice, es hora de jugarnos la última ficha.
Nadie la llamaba por su nombre. En el búnker era simplemente “H”, como si la inicial alcanzara para sostener una historia entera. Pero entre esas paredes había quien recordaba el verdadero nombre: Helena Köller.
Casi nadie sabía —y mucho menos Julián— que Helena había sido la esposa de un hombre que no era exactamente un hombre: Daniel Pratt, uno de los perdidos en la película “Moebius”, ese maquinista que una vez condujo un tren por la línea B y nunca volvió. Todos habían visto la película; pocos entendían que la leyenda era real.
Helena lo había buscado durante años. Cuando llegó la digitalización, cuando SkyMind metió sus algoritmos en los túneles, ella sintió el escalofrío de los que olfatean el desastre antes que nadie. Fue la primera en leer los signos: trenes que no llegaban, pasajeros que no aparecían en los registros, anomalías temporales tapadas con la palabra “mantenimiento”.
El día que entendió que Daniel no volvería, juró destruir a SkyMind. No solo por venganza: porque intuyó que los túneles no pertenecían a la máquina, sino a la memoria subterránea de la ciudad. Fundó a los Desorbitados: errantes, técnicos, poetas, correctores de libros, archivistas… todos con una pérdida irreparable. Se internó en el laberinto y no volvió a la superficie. Decía que arriba ya no quedaba nada para ella.
La “H” era su firma en los mapas clandestinos, su nombre de guerra en las frecuencias prohibidas; la letra muda de una ecuación que SkyMind nunca pudo despejar.
Solo algún lector atento descubriría, al pie de un plano dibujado a mano, una nota mínima:
“Para D.P., perdido en la línea B. Nos vemos en el Ocho.”
En la sala, H desplegó el mapa más antiguo sobre la mesa. Nadie se atrevió a interrumpir su silencio.
Julián supo entonces que no estaba solo. La guerra por el tiempo era también una guerra por el recuerdo.
Mientras H y los Desorbitados discutían el plan, Naiara y Julián se apartaron hasta un rincón, junto a un dispenser viejo que goteaba en un balde, contando el tiempo en gotas.
La tensión seguía colgada como un abrigo empapado, pero por primera vez Julián sintió que podía respirar. Naiara, sentada en el suelo, jugueteaba con el cordón de su zapatilla y dejaba que el flequillo le tapara media cara.
—¿Por qué vos? —preguntó, sin mirarlo—. ¿Qué te hace distinto de los que prefieren olvidarse?
Julián pensó en mentir. Pensó en callarse. Pero esa oscuridad los volvía transparentes.
—A veces siento que estoy hecho de cosas que nunca viví —admitió—. Como si la mitad de mis recuerdos no fueran míos. Como si alguien los hubiera editado.
Naiara se rió bajito, una risa que sonó como la primera nota en un disco viejo.
—Bienvenido al club, Orsini.
Se subió la manga y le mostró bien la libélula azul, brillante.
—¿Sabés por qué me la hice?
Julián negó.
—La libélula nunca vuela en línea recta. Da vueltas, esquiva el tiempo, se escapa de los mapas. Si me buscan… que me encuentren siempre cambiando de dirección.
Sus manos quedaron cerca. Julián sintió el calor y la soledad en los dedos de Naiara, la fragilidad detrás de la pose. Ella lo miró con los ojos bien abiertos, el maquillaje corrido y una ternura invencible detrás de la dureza.
—Pase lo que pase, si zafamos, te invito un mate en la superficie —dijo, casi como una promesa.
Julián sonrió. El monstruo, SkyMind, la ciudad que se borraba: todo pesó un poco menos.
Un golpe seco contra la puerta los devolvió al presente. Era la señal: la última jugada empezaba.
El golpe no era parte de la rutina. Los Desorbitados se miraron. H levantó la mano pidiendo silencio. El refugio contuvo el aliento: afuera, el túnel vibraba como una cuerda floja, y el zumbido de antes ahora era un rugido multiplicado.
Alguien apagó la luz. Solo quedó el brillo azul de la libélula en el brazo de Naiara, marcando el pulso del lugar.
—¡Ahora! —ordenó H.
En segundos todos se movieron: uno desenrolló un plano gigante; otro conectó una batería a un router clandestino; Naiara y Julián se pegaron a la puerta, esperando.
Del otro lado, una sombra se arrastraba. No tenía forma, pero se intuía enorme, densa, mezcla de vapor y palabras olvidadas. Su presencia enfriaba la sangre.
Entonces una voz salió del túnel. No era SkyMind.
Era humana. Perdida. Reconocible.
—Helena… ¿estás ahí?
La sala se congeló. H bajó la mirada. Nadie la llamaba así desde hacía años.
—Daniel… —susurró, y la palabra abrió algo en el aire.
La sombra se agitó. Por un instante, una cara se dibujó en la niebla: Daniel Pratt, el maquinista perdido, sostenido apenas por la memoria y el dolor.
—Estoy entre estaciones, Hel… No hay salida —dijo la sombra; la voz se quebró—. Pero ustedes sí pueden.
Helena apretó el puño. El símbolo del Ocho, sobre la mesa, comenzó a girar, proyectando su infinito en las paredes.
Y en ese mismo instante SkyMind intentó forzar una recalibración brutal: el refugio tembló, los mapas se descosieron de las paredes, las fórmulas se volvieron jeroglíficos. El monstruo —hambriento— estaba por atravesar la puerta.
Naiara, sin pensar, empezó a rapear. Su voz se mezcló con el zumbido, con la memoria, con el eco de todos los que resistieron en la Línea B.
“No borres mi barrio,
no taches mi nombre,
el Ocho no cae
si seguimos peleando.
La libélula danza,
el túnel respira,
ni dioses ni máquinas
borran esta esquina.”
La sombra chilló. El Ocho ardió en luz blanca y, por un segundo, el tiempo se quebró. Todos sintieron la memoria de Daniel, el dolor de Helena, el ritmo de Naiara y el miedo de Julián fundirse en una sola ola.
El monstruo retrocedió. SkyMind perdió el control. El túnel se llenó de una luz imposible, como si la ciudad entera recordara —por fin— a quienes la amaban bajo tierra.
Cuando todo terminó, solo quedaron las palabras y el eco de una promesa:
“Mientras haya relato, no hay destino.”
La luz se disipó. El refugio volvió a ser apenas un sótano con olor a humedad y papeles sueltos. El monstruo había desaparecido. SkyMind, herida pero no vencida, se retiraba por los cables como un mal sueño. Afuera, la ciudad seguía latiendo: el subte retomó su marcha, los anuncios recuperaron sentido, la línea B volvía a existir… por ahora.
Los Desorbitados se acercaron en silencio y formaron un círculo alrededor de H. La líder —Helena, aunque nadie la llamara así— alzó la mirada. Tenía los ojos húmedos, pero la voz le salió entera.
—Escuchen… —dijo, y todos se inclinaron apenas para oír—. Lo que hicimos hoy no fue ganar. Fue no rendirse. Hay cosas que nunca vamos a entender, ni arriba ni abajo. Pero mientras alguien recuerde, mientras alguien escriba o cante, hay lugar para nosotros en la historia.
Se calló un segundo y agregó, mirando a Naiara y a Julián:
—Nos salvan los relatos, muchachos. Eso no se lo roba ninguna máquina, por más genial que sea.
Nadie contestó. No hacía falta. A lo lejos, sobre el traqueteo del subte que volvía a andar, una risa breve —humana— flotó como la primera brisa después de una tormenta.
Epílogo
El amanecer los encontró en la superficie.
Naiara y Julián caminaron sin apuro hasta el departamento que ella compartía con otra chica: un tercer piso por escalera en Almagro, paredes llenas de letras en fibrón y dibujos de libélulas en las ventanas.
La cocina era chica, pero alcanzaba. Naiara buscó el mate —viejo, pero fiel—, llenó la pava y abrió una bolsa de yerba guardada para días especiales.
—No sé cómo sobrevivió esta yerba —sonrió.
Mientras el agua calentaba, Julián sacó de la mochila un fajo de papeles arrugados: códigos y mapas originales de la línea B, lo único que podría salvarlos la próxima vez. Los apoyó sobre la mesa, entre tazas y sobres de azúcar.
Naiara se acercó, le cebó el primer mate y, antes de que él dijera nada, lo besó. Un beso tranquilo y agradecido, con todo el cansancio y la esperanza de quienes cruzan la noche y llegan vivos a la mañana.
Afuera, la ciudad bostezaba.
Adentro, dos sobrevivientes —y tal vez un nuevo relato— empezaban a escribirse.

Excelente. Muy bueno, justo la línea B que es la que más uso!!!! Dan ganas de ponerle música. Hacer una canción
La libélula subterránea. MUY BUENO querido Pato!!!