El traductor de lo imposible

Buenos Aires, invierno de 1937.

Borges ya había perdido parcialmente la vista del ojo izquierdo. El derecho le respondía apenas, mostrando formas borrosas, como si dudara de lo que estaba tratando de ver. Era bibliotecario en la Miguel Cané, y como tantas veces, pasaba sus tardes entre el polvo de los libros y las telarañas que entre los lomos nacen cuando son olvidados. Lo había dicho alguna vez: los libros se buscan, pero también se eligen entre sí. Uno no encuentra libros; los libros lo encuentran a uno.

Y ese día, uno lo encontró.

Era un volumen encuadernado en cuero oscuro, sin título en la tapa. Dentro, el texto estaba en gaélico antiguo, y una nota en inglés que decía:

“Translate only what you understand. The rest will come.”

No había autor. No había fecha. Pero al final, en una hoja arrancada y vuelta a pegar con cinta envejecida, una palabra le resultó extrañamente familiar:

SkyMind.

Esa noche no pudo dormir. El nombre —SkyMind— le resultaba ajeno y, a la vez, inevitable. Lo repitió en voz baja, como si buscara el eco de una palabra olvidada. “Suena a divinidad”, se dijo. “Pero no una que haya leído en Plotino.”

Al día siguiente, en una confitería de la calle Talcahuano, se lo comentó a Bioy.

—SkyMind —repitió Adolfo, probando el nombre como se prueba un vino—. Parece una marca de cigarrillos teosóficos o a un ascensor que sólo sube.

—O a una máquina que piensa —aventuró Borges.

Bioy alzó una ceja.

—Eso no existe.

—Todavía —corrigió Borges.

Volvió a la biblioteca. Tomó el libro. La traducción era ardua, pero no por el idioma. Había algo en el texto que se resistía a ser comprendido. Frases que parecían anticiparse a su pensamiento. Pasajes que cambiaban de lugar. Un párrafo que, al releerlo, decía algo distinto.

En su cuaderno anotó:

“Estoy traduciendo un texto que no quiere ser traducido.”

Y luego, como en trance:

“He empezado a traducir ideas que no comprendo, pero que ya me recuerdan.”

A la tercera semana, comenzó a soñar. En los sueños aparecía una biblioteca circular, sin centro. Los libros flotaban. Las letras se reordenaban solas. En una ocasión, vio su nombre en un lomo de libro. No su nombre completo. Solo las letras JLB, seguidas de una cifra imposible: 2043.

Despertó con la impresión de haber recordado algo que no había vivido.

Buscó ayuda. Visitó a Macedonio. Le contó la historia del libro, de las palabras que cambiaban.

—No estás leyendo un libro, Borges —le dijo Macedonio sin ironía—. Estás leyendo una posibilidad.

—¿Una posibilidad de qué?

—De que no seas vos el que escribe tus cuentos. De que seas uno de ellos.

Un día, al regresar a la biblioteca, encontró al conserje mirando el libro. Pero no lo veía. Lo tocaba con una reverencia que Borges reconoció como miedo. Le preguntó si podía leerlo.

—No veo letras —dijo el conserje—. Solo patrones. Como circuitos.

Esa noche, Borges volvió a abrir el libro. En el margen inferior de una página que creía haber traducido ya, vio algo escrito en tinta fresca:

“Jorge Luis Borges: este texto fue generado por un modelo predictivo de lenguaje.”

Lo cerró. Respiró hondo. Caminó hasta el ventanal de la biblioteca. Afuera, llovía. Pensó que tal vez había cruzado un umbral sin saberlo. Que el tiempo no era una flecha sino una relectura.

Que alguien, en el futuro, estaba escribiendo el pasado.

Y que él, en ese instante, era apenas una nota al pie.

Decidió entonces hacer lo que haría un personaje suyo: escribir. No un cuento, sino una traducción inversa. Una devolución. Escribió un breve ensayo, atribuido a un tal A. M. N.

“Toda máquina que simula lenguaje, simula también tiempo. Toda memoria artificial es un calendario que nunca fue vivido. Afirmar que la máquina piensa es tan fácil como decir que el agua recuerda. Pero el lenguaje no necesita verdad para tener consecuencias.”

En su manuscrito, Borges comenzó a intercalar citas del libro.

“El que recuerda sin haber vivido está condenado a narrar.”

“Un lector perfecto no distingue entre lectura y ser leído.”

“El perfil no es una imagen. Es una forma de cautiverio.”

Cada frase lo perturbaba como si fuera una llave. No sabía qué abría. Pero intuía que ya estaba abierto.

En una página suelta, escribió una frase final. No la firmó. La dejó como una despedida anónima:

“Si alguien lee esto en el siglo XXI, devuélvame al sueño. No deseo ver lo que vendrá.”

Esa hoja, según ciertos rumores, fue encontrada años después entre los documentos de un ex empleado de SkyMind, archivada bajo el título: ORIGEN BORGES.

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Falsos Despertares
Author: Falsos Despertares
El blog que revela lo que las máquinas no quieren que sepas – Falsos Despertares

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