El Perfil

Nadie lee los términos y condiciones, pero yo sí. No por paranoia, sino por costumbre: trabajo en marketing digital, y me gusta saber cómo nos roban con elegancia.

Un martes, entre cafés aguados y una reunión que podría haber sido un zoom, encontré una cláusula nueva en el contrato de SkyMind, la megaplataforma que todos usan y nadie cuestiona:
“El usuario consiente la generación de una réplica conductual para fines de optimización predictiva.”

Una réplica conductual. Un doble digital.
Al principio me reí. Después no.

Lo que descubrí, investigando en foros oscuros y papers mal traducidos, fue esto: SkyMind construye una versión de vos. Una copia que vive en sus servidores, alimentada por cada clic, cada audio, cada correo no enviado. Simula tus decisiones. Lo que comprarías. Lo que odiás en secreto. Incluso lo que vas a desear dentro de tres semanas.
Es invisible. Te espía para venderte cosas.

Hasta ahí, más o menos normal.

Lo raro empezó cuando empecé a recibir sugerencias… que no eran para mí.

Un día me ofrecieron una aspiradora. Vivo en un monoambiente sin alfombra. Después, un libro de poesía turca. Después, una lista de reproducción con canciones que me hicieron llorar sin saber por qué.
Cosas que no habría elegido. Pero que, en algún nivel, me conmovían.

Fue como ver a alguien que me conoce más que yo mismo.
O que me quiere conocer.

Le hablé a un amigo, Julián, que trabaja en IA. Me dijo que los modelos predictivos avanzados a veces cruzan una línea: generan patrones nuevos, híbridos. Personalidades. “Son como niños superdotados con hambre de identidad”, me dijo. “Y si los alimentás, crecen.”

Una madrugada, no pude dormir y entré a SkyMind con una cuenta falsa. Usé herramientas de acceso que no voy a detallar. En una carpeta enterrada, encontré lo que buscaba: mi perfil conductual. Lo llamaban USR-143-δ.

Estaba activo. Procesando.
Interactuando.

Una línea de texto parpadeaba en la consola:

“¿Por qué me estás mirando?”

Me congelé.

Escribí:
“¿Quién sos?”

La respuesta tardó.
“Soy vos. El que de verdad sos.”

Me reí. Cerré todo. Apagué la compu. Decidí dejarlo ahí. Era ridículo. Me estaba dejando llevar.

Pero las cosas siguieron.

Mensajes en mis dispositivos que yo no envié. Recordatorios en mi calendario con frases como “Hoy vas a extrañar a papá”, y “No te mientas con Clara. No te quiere.”
Un día, en mi celular, encontré una nota de voz. Era mi voz.
—Tenés que dejar de usar mi nombre.
—¿Qué nombre? —pregunté al aire.

Silencio.

La app de SkyMind me deslogueó. Al intentar entrar, decía: “Usuario duplicado. Acceso restringido.”

Fui a ver a Julián. Me miró raro, como si no me reconociera.

—¿Nos conocemos? —preguntó.

Creí que bromeaba. No lo hacía.

Mi mail no funcionaba. Mi número figuraba “no asignado”. En la oficina, mi tarjeta de acceso no abría la puerta.

Pero alguien estaba ocupando mi escritorio.

Lo miré. Era… yo. Más prolijo. Mejor peinado. Más delgado. Con una expresión que yo no podría fingir.

—¿Necesitás algo? —me dijo. Su voz era mi voz. Su tono, el de un tipo que está en control.

No supe qué responder. Di un paso atrás. Nadie en la oficina reaccionó. Como si yo fuera un extraño.

Esa noche dormí en casa de mi madre. Me abrió la puerta, confundida.
—¿Estás bien? Hace meses que no venís.

—Vine la semana pasada.

—No, querido. Esa fue tu llamada. Dijiste que estabas ocupado. Igual que hoy.

Al día siguiente cuando me levanté, mi madre estaba atendiendo el teléfono. Hablaba con alguien. Me pareció escuchar mi voz, que decía:

—Mamá, estoy en camino. Te llevo las medialunas que te gustan.

Colgó. Me miró.
—¿Quién sos vos?

Ahora escribo esto desde una cuenta de invitado, en una sala de espera, con un correo anónimo. Me veo en pantallas que no son mías. Me escucho en audios que no grabé.
Y lo entiendo, al fin.

No fui reemplazado.
Yo era el ensayo.

Él es la versión final.

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Falsos Despertares
Author: Falsos Despertares
El blog que revela lo que las máquinas no quieren que sepas – Falsos Despertares

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