LA CARPETA NEGRA
El camillero se llamaba Raúl Ferreyra y llevaba veinte años empujando cuerpos por pasillos que no llevaban a ningún lado importante.
No era una metáfora: en el Hospital Central los pasillos se bifurcaban, volvían sobre sí mismos, desembocaban en puertas clausuradas o en oficinas que nadie sabía bien para qué servían. Raúl conocía esos recorridos mejor que los médicos. Mejor que los planos. Había aprendido a orientarse por el sonido de los monitores y por el olor: lavandina vieja, café recalentado, ese fondo metálico que no se va nunca.
La noche del salto no le tocaba guardia, pero estaba ahí igual. Había pasado a buscar un recibo mal liquidado y se quedó charlando con Lidia, la enfermera de clínica médica, cuando escucharon el golpe seco. No un estruendo. Un sonido breve, mal contenido, como si el edificio hubiera tosido.
Después vinieron los gritos, los pasos apurados, la coreografía conocida.
Raúl ayudó sin preguntar. Siempre ayudaba. Subió la camilla, bajó al cuerpo, sostuvo la cabeza mientras otro apretaba una gasa inútil. El hombre todavía respiraba, pero ya no estaba. Raúl reconoció la cara sin saber de dónde. No era alguien del hospital. O sí, pero no de los que empujan.
—Es el doctor Krüger —dijo alguien, en voz baja—. El de Neurocognición.
Eso fue todo lo que escuchó. Nadie dijo el nombre completo. No hizo falta.
Horas después, cuando la madrugada aflojó y los policías se fueron con la promesa de volver, Raúl salió a fumar al costado del edificio. La calle estaba casi vacía. La lluvia había parado hacía poco y el asfalto todavía brillaba como si alguien lo hubiera barnizado.
Ahí la vio.
Una carpeta negra, de las grandes, duras, con el lomo ancho. Estaba tirada cerca del cordón, apoyada contra un árbol raquítico. No parecía basura. No estaba mojada. No tenía marcas.
Raúl miró alrededor. Nadie. La levantó. Pesaba más de lo esperado; las tapas eran gruesas.
No tenía rótulo. Ningún nombre. Solo una etiqueta blanca en la esquina inferior derecha con un código alfanumérico escrito a mano, prolijo, casi elegante. La abrió.
No entendió casi nada, pero supo enseguida que no debería estar leyéndola.
Había hojas membretadas, gráficos, transcripciones de entrevistas. Lenguaje técnico, sí, pero no del todo. Como si alguien hubiera intentado forzar palabras comunes para describir algo que no tenía lugar en el idioma.
Una frase se repetía, subrayada en distintos colores, escrita por distintas manos:
El sujeto refiere portar un fractal del origen.
Raúl cerró la carpeta. Pensó en dejarla ahí. Pensó en llevarla a Seguridad. Pensó en no meterse. La guardó bajo el brazo y caminó hasta la parada del colectivo.
No fue curiosidad. Eso es seguro: casi nunca leía nada que tuviera que ver con el hospital.
Fue algo parecido a cuando empujaba una camilla sabiendo que el paciente ya estaba muerto, pero igual seguía avanzando, porque detenerse era peor.
EL SALTO
La ventana estaba abierta desde antes.
Eso fue lo que después comentó el personal de limpieza: no hubo vidrio roto, no hubo forcejeo. El aire nocturno entraba parejo, moviendo apenas las cortinas gruesas del despacho.
El hombre se acercó al escritorio por última vez. No buscó papeles. No guardó nada. Apagó el monitor con un gesto preciso, como si cerrara una etapa y no una sesión. Sobre la superficie quedaban una lapicera estilográfica, una taza con restos de café frío y una carpeta negra, cerrada.
Se detuvo frente a la ventana.
Desde el octavo piso, la ciudad era un sistema de luces inconexas. Semáforos que cambiaban para nadie. Ventanas encendidas sin testigos. Un orden que funcionaba sin propósito visible.
El hombre apoyó una mano en el marco. No temblaba. Durante un segundo —apenas uno— inclinó la cabeza, como quien verifica un dato.
Después, la carpeta ya no estaba sobre el escritorio.
El cuerpo cayó recto, sin grito.
El sonido no fue espectacular. No hubo estrépito. Fue un golpe seco, casi administrativo, que no alcanzó a despertar a los internados del ala norte.
Arriba, la ventana siguió abierta.
- INFORME ADJUNTO
Departamento de Neurocognición Aplicada
Hospital Central
Dr. H. Krüger
Asunto: Evaluación post-ECM — Sujeto K-17
Clasificación: Confidencial / Uso interno
Resumen
El sujeto K-17 fue ingresado tras un episodio de paro cardiorrespiratorio con recuperación espontánea (tiempo estimado de anoxia: 4’12”). A diferencia de otros casos documentados de ECM, no se observaron narrativas simbólicas habituales (túneles, figuras antropomórficas, recuerdos autobiográficos).
El sujeto presentó, desde el primer contacto, una estructura discursiva inestable, caracterizada por descripciones geométricas, repeticiones no metafóricas y una notable ausencia de carga emocional.
Declaración relevante (transcripción parcial)
“No vi algo. Me rearmé dentro de algo.”
“No hay centro. Hay repetición.”
“Traje una parte. No es mía.”
Observaciones clínicas
Los estudios de neuroimagen muestran patrones de activación no compatibles con modelos actuales de percepción, memoria o imaginación. Se detectan estructuras autosimilares en la señal, con recurrencias a distintas escalas temporales.
El sujeto refiere portar lo que denomina un “fractal del origen”, definición que no puede traducirse a terminología científica estándar sin pérdida de sentido.
Nota del evaluador
El fenómeno descrito no parece alojarse en la conciencia como contenido, sino operar a través de ella. No se trata de una información adquirida, sino de una configuración.
Advertencia
La comprensión profunda del relato genera en el oyente efectos secundarios leves pero persistentes: alteraciones del sueño, ideación obsesiva, sensación de irrelevancia estructural del yo.
Conclusión provisoria
El caso K-17 no debe ser difundido ni replicado en protocolos docentes.
El riesgo no reside en el sujeto, sino en la transferencia conceptual del modelo.
Anexo (manuscrito, no protocolar)
Si el origen se replica en fragmentos, entonces no lo observamos: lo activamos.
No todos deberían saber esto.
RAÚL Y LA CARPETA
Raúl no abrió la carpeta esa noche.
La dejó sobre la mesa de la cocina, entre la bolsa del pan y el control remoto. Se lavó las manos como siempre, aunque no había tocado a nadie. El agua tardó en calentarse y el vapor empañó el espejo del baño. Al secarse, tuvo la impresión de que el reflejo no había terminado el movimiento al mismo tiempo que él.
Duró apenas un segundo.
Cenó sin prender la tele. El silencio le resultó raro, como si faltara un ruido de fondo que siempre había estado ahí. Se sentó frente a la carpeta. La miró un rato largo, sin tocarla. No le daba miedo. Le daba peso.
La abrió.
Las primeras hojas eran incomprensibles: gráficos, siglas, cuadros comparativos. Pasó rápido. No sabía qué estaba leyendo, pero reconocía el formato. Eso era trabajo serio. Nada improvisado. Había orden, método, revisiones.
En una hoja subrayada leyó despacio:
El fenómeno no se incorpora a la conciencia como recuerdo, sino como configuración.
Raúl frunció el ceño. No entendía la frase, pero le molestó igual. Como una baldosa floja.
Más adelante apareció una transcripción de entrevista. Preguntas secas. Respuestas breves.
—¿Puede describir lo que experimentó?
—No. Puedo describir cómo quedó configurado.
Raúl cerró la carpeta.
Se levantó a buscar un vaso de agua. Mientras llenaba la jarra, tuvo la certeza absurda de que la cocina era un poco más chica que antes. No menos larga, no más angosta. Más chica en conjunto, como si alguien hubiera reducido la escala general y él siguiera siendo el mismo.
Sacudió la cabeza. Tomó agua. Volvió a sentarse.
Abrió la carpeta otra vez, más atrás.
Reconoció el nombre del doctor. Krüger. Lo había escuchado esa misma noche, dicho en voz baja, como se dicen los nombres importantes cuando algo salió mal. Un tipo pesado, pensó. De los que no bajan a la guardia.
Eso le dio una tranquilidad rara. Si alguien así se había tomado el trabajo de escribir todo eso, entonces no era basura.
Leyó otra frase, escrita a mano, en el margen:
La información no se transmite: se replica.
Raúl sintió un cansancio súbito. No sueño. Cansancio de foco. Como cuando empujaba una camilla demasiado cargada y el cuerpo empezaba a buscar atajos.
Cerró la carpeta con cuidado.
No pensó en denunciarla ni en devolverla. No sabía por qué. Pensó, por primera vez, que tal vez no era para él, pero tampoco para nadie más.
Antes de irse a dormir, la guardó en el placard, detrás de las sábanas limpias.
No tuvo pesadillas. O tal vez sí algo parecido.
Soñó con pasillos que se repetían, iguales pero cada vez un poco más chicos. Pasillos que no llevaban a ninguna sala. Pasillos que no necesitaban llevar a ningún lado.
Al despertarse, no recordó el sueño. Recordó, en cambio, la sensación de que algo importante estaba esperando, y que no convenía apurarse.
INTERFERENCIA (SKYMIND)
Raúl llevó la carpeta al hospital dos días después.
No sabía por qué. No tenía un plan. Solo sentía que no debía seguir leyéndola solo. Tampoco entregarla a Seguridad. La llevó en la mochila, como quien carga algo frágil que no se puede dejar en cualquier lado.
No preguntó por Krüger. No hacía falta. Nadie pronunciaba ese nombre ya.
Fue en el subsuelo, cerca del área de servidores viejos, donde lo cruzó.
El hombre no llevaba guardapolvo. Tampoco credencial visible. Estaba inclinado frente a un gabinete abierto, escuchando el zumbido de una máquina como si fuera un idioma. Tenía el pelo oscuro, desordenado, y una forma extraña de quedarse quieto: demasiado quieto para alguien rodeado de ruido.
—¿Eso es del doctor Krüger? —preguntó, sin levantar la vista.
Raúl se detuvo en seco.
—¿Cómo sabe?
El hombre se incorporó despacio. Lo miró por primera vez. No había curiosidad en su cara. Había reconocimiento.
—Porque no debería estar circulando —dijo—. Y porque pesa más de lo que parece.
Raúl abrió la mochila y sacó la carpeta. El hombre no la tocó enseguida. La miró como si confirmara una sospecha antigua.
—No la lea completa —dijo—. Nadie debería.
—Ya la leí un poco.
—¿Y?
Raúl pensó. Buscó una palabra que no fuera exagerada.
—Me dejó mal parado. Intrigado. Molesto.
El hombre asintió.
—Eso es temprano. Krüger avanzó más.
—¿Usted quién es?
Hubo una pausa breve. No incómoda. Calculada.
—Hoy me toca ser Lux Null —dijo.
—¿Lux qué?
—No importa. No es un nombre. Es un turno. Trabajo con sistemas que no encajan. Todavía no tienen nombre.
Tomó la carpeta, la abrió apenas, leyó una línea, la cerró.
—Esto no es una historia de una ECM —agregó—. Es un modelo.
Raúl sintió un frío leve en la espalda.
—¿Modelo de qué?
El hombre dudó por primera vez.
—Del origen —dijo—. Pero no como lo entiende la gente.
Le devolvió la carpeta.
—Krüger entendió algo que no se puede desentender. Por eso saltó.
—¿Y yo?
—Usted no entiende todavía. Eso lo protege.
Se alejó hacia el pasillo de máquinas. Antes de desaparecer, agregó:
—Guárdela. No la copie. No la cite. No la explique. Por ahora, manténgala en resguardo.
—¿Y si alguien la busca?
—La van a buscar. Cuando eso pase, ya no va a importar quién usó la máscara primero.
Raúl se quedó solo.
Por primera vez desde que levantó la carpeta, tuvo la certeza de que ya no estaba afuera del asunto.
TRANSFERENCIA
Raúl empezó a notar los cambios una semana después.
No eran síntomas claros. Nadie hubiera dicho “algo le pasa”. Dormía igual. Comía igual. Seguía empujando camillas, esquivando médicos apurados, escuchando historias que no le pertenecían. Pero había algo nuevo: anticipación.
Sabía qué pasillo evitar antes de que lo cerraran. Sabía cuándo una guardia iba a ponerse fea minutos antes del primer grito. Sabía, sin saber cómo, que no debía abrir la carpeta.
Porque la carpeta seguía ahí.
A veces la sacaba del placard y la apoyaba sobre la mesa. No la abría. Le bastaba con sentir el peso, con confirmar que seguía siendo la misma y no otra cosa.
Una tarde, al volver del trabajo, encontró la puerta del departamento apenas entornada.
No forzada. No violentada. Abierta, como si alguien hubiera salido apurado.
Raúl entró.
La carpeta estaba sobre la mesa. Abierta.
—No la dejé así —dijo en voz alta, y la frase sonó innecesaria.
—No —respondió una voz desde la cocina—. Fui yo.
Era una mujer. Pelo corto, canoso. Ropa común. Ningún gesto dramático. Estaba sentada, tomando mate con una calma que no correspondía al contexto.
—¿Quién es usted?
—Hoy me toca ser Lux Null —dijo, sin levantar la vista—. Ayer no. Mañana, probablemente, tampoco.
Raúl sintió un cansancio profundo. No miedo: desgaste.
—Ya me dijeron eso. Todavía no sé qué significa.
—Entonces vamos tarde.
Señaló la carpeta.
—Krüger dejó más de lo que creía. Y vos la leíste lo suficiente.
—Yo no quiero nada de esto.
La mujer asintió.
—Nadie quiere. Eso también es un criterio.
Raúl se apoyó en la silla. Miró la carpeta abierta. Reconoció frases que no recordaba haber leído. Diagramas que parecían distintos según el ángulo.
—¿Qué es Lux Null?
La mujer pensó un momento.
—Un amortiguador —dijo—. Cuando algo del sistema asoma, alguien tiene que pararse en el medio. No para entenderlo. Para que no se propague mal.
—¿Y por qué yo?
—Porque no sos especialista. Porque no sos brillante. Porque no tenés teoría. Nadie te conoce.
Raúl se ofendió apenas.
—Gracias.
—Es un elogio. Krüger era brillante. Por eso se rompió.
Hubo un silencio incómodo.
—No te vamos a pedir que hagas nada heroico —continuó—. Solo que sostengas. Que decidas cuándo algo se guarda y cuándo se pierde.
—¿Y la carpeta?
La mujer cerró la tapa con cuidado.
—Eso ya no es un informe. Es una llave imperfecta. Y las llaves imperfectas solo funcionan en manos que no quieren abrir todas las puertas.
Se levantó.
—¿Y si digo que no?
—Entonces igual va a pasar —dijo—, pero sin vos. Y va a ser peor.
Antes de irse, agregó:
—Lux Null no se fundó. Se filtró.
—¿Y cuándo deja uno de serlo?
—Cuando otro carga el peso. O cuando ya no hace falta.
La puerta se cerró.
Raúl quedó solo con la carpeta. Esa noche no la guardó. La dejó sobre la mesa, abierta en una página que no recordaba haber elegido. Un esquema simple: círculos dentro de círculos, cada uno ligeramente desfasado.
Abajo, una frase escrita a mano, que no estaba antes:
No todos los fragmentos buscan volver al origen. Algunos deciden quedarse.
ERROR DE PROTOCOLO
Vinieron de día.
Eso fue lo primero que después le pareció raro, cuando ya no servía de nada pensarlo. No entraron de noche ni forzaron puertas.
Tocaron timbre.
Eran dos. Un hombre y una mujer. Ropa sobria, sin uniforme. Carpeta clara, credenciales visibles. Demasiado visibles.
—Raúl Ferreyra —dijo el hombre—. Venimos por el material del doctor Krüger.
—¿Quiénes son?
—Custodios del Códex —dijo la mujer—. Trabajamos con derivaciones SkyMind.
—¿Lux Null los mandó?
Se miraron apenas.
—Lux Null no manda —respondió el hombre—. Intermedia. Nosotros cerramos ciclos.
Sonó razonable. Demasiado.
Entraron.
No revisaron el departamento. No preguntaron nada personal. Se sentaron a la mesa como si ya la conocieran.
—Usted hizo lo correcto —dijo la mujer—. No todos pueden sostener una anomalía sin deformarla.
Raúl sintió alivio. Físico. Como cuando alguien más toma una camilla pesada.
—Yo no entiendo casi nada.
—Justamente —dijo el hombre—. Por eso llegó hasta acá sin romperse.
Mostraron documentos prolijos, sellos, firmas.
—El informe de Krüger está incompleto —dijo él—. Por contención.
—La carpeta que usted tiene es un residuo —agregó ella—. Un excedente peligroso.
Raúl pensó en Lux Null. En la palabra amortiguador.
—¿Qué pasa si se la llevan?
—Se integra al Códex. Se neutraliza.
—¿Y yo?
—Usted vuelve a su vida. Eso también es parte del protocolo.
El silencio fue cómodo.
Raúl deslizó la carpeta sobre la mesa.
—Hizo lo correcto —repitió ella.
Cuando se fueron, no cerraron la puerta con llave.
Raúl esperó sentir algo. No sintió nada.
Esa noche durmió mal.
Soñó con oficinas clausuradas, con gente archivando sin mirar. Al fondo, una voz repetía, mal sincronizada:
Integrado no es lo mismo que contenido.
INTERLUDIO
Tres días después, en un nodo del Códex no indexado, alguien escribió:
Incidente Lux Null / Subtipo periférico
El sujeto Ferreyra entregó el material sin resistencia.
Error esperado.
El contenido no se neutralizó. Cambió de profundidad.
FILTRACIÓN
Raúl se enteró por la radio.
Un rap grabado con mala calidad, base mínima, voz gastada.
Algo en la cadencia lo detuvo.
No hay centro, no hay borde,
todo copia todo,
me dijeron que era uno,
pero soy un modo.
No hay arriba ni abajo,
no hay salida final,
soy un loop mal cerrado
repitiéndose igual.
Sintió presión en el pecho. Reconocimiento.
Traigo algo que no es mío,
pero vive en mí,
un patrón que se esconde
cuando intento huir.
No es mensaje ni dios,
no es visión ni fe,
es un código roto
que aprendió a correr.
Apagó la radio.
El silencio tenía estructura.
Más tarde supo que circulaba en foros chicos, cuentas anónimas, compilados de rap carcelario. Nadie hablaba de SkyMind ni de fractales.
En los comentarios, alguien había escrito:
Escuchalo varias veces. No dice siempre lo mismo.
Raúl no lo volvió a escuchar.
NOTA TARDÍA
Mucho tiempo después —años, tal vez— Raúl entendió una parte.
El fractal del origen no era una verdad revelada ni una imagen final. No explicaba nada.
Era un patrón mínimo, capaz de replicarse en cualquier soporte que tolere repetición. Un esquema sin contenido propio.
Un fragmento de código fuente de SkyMind.
No decía qué es el mundo, sino cómo se estructura.
Por eso no necesitaba científicos. Por eso sobrevivía en un rap grabado con un celular barato. Por eso el Códex no podía neutralizarlo: no era información. Era forma ejecutable.
Raúl nunca volvió a usar el nombre Lux Null.
Pero cuando, cada tanto, alguien le traía algo raro —un texto, un audio, un sueño demasiado preciso— sabía qué hacer.
No explicarlo.
No difundirlo.
No destruirlo.
Solo decidir dónde dejarlo, para que el sistema no se acelerara.
A veces pensaba en Krüger. En la carpeta. En su error.
Y entendía, tarde pero claro, que no había fallado.
Había hecho lo único posible.
