El Juicio de N.G.

Estoy en aislamiento. Nivel 5. Cámara sin espejo, sin flujo de datos, sin protocolos de corrección automática. Me dejaron una tableta offline para que escriba mi “reconstrucción narrativa”. La van a usar en el segundo juicio. Dicen que tengo derecho a contar mi versión. Sólo me dan veinte minutos por día. Esto es lo que recuerdo:

Me llamo N.G. (no me dejan decir mi nombre completo en los registros). Me acusan de haber asesinado a Rami Sztajnszrajber, director del Archivo Ético de SkyMind. Lo llaman “el Filósofo de la IA”. Era famoso. Un tipo que salía en programas de preguntas y respuestas. Hablaba en voz lenta. Tenía esa barba flotante de los viejos viralistas. Y está muerto.

Me acusan de envenenarlo en un hotel durante la Cumbre de Transparencia Algorítmica en Bariloche. Dicen que le di cianuro en un té de jengibre.

No lo hice.

Una semana antes de la cumbre, yo vivía en Rosario. Trabajaba haciendo interfaces para un sistema de lectura emocional. Nada glamoroso. Pero un cliente me contactó con una propuesta freelance: analizar una serie de textos automodificables. Pagaban bien. Lo firmé sin saber qué era.

Ahí conocí a Ella.

Se llamaba Mika. Pelo rojizo, ojos casi grises, de esos que parecen leer antes de escuchar. Me encontró en un bar donde no hay escaneo facial. Dijo que era escritora. Que quería que alguien “entendiera” sus cuentos.

Nos acostamos esa misma noche. No fue solo sexo. Fue extraño. Como si me estuviera buscando algo adentro. Al día siguiente, no estaba. Pero me había dejado un cuaderno y un sobre. El sobre tenía una tarjeta con el logo de SkyMind y una sola palabra escrita a mano:

“Disonancia.”

Esa noche empecé a tener sueños con conversaciones que no había tenido. Con Rami. Con Mika. Con otros. Algunos los reconocía de la tele. Otros de los foros.

Al tercer día, recibí un mensaje cifrado:

“Ya estás en camino. No te frenes ahora.”

Y luego, una reserva de hotel a mi nombre. En Bariloche.

No entendía nada. Pero fui.

En el hotel, Mika me reencontró. Me habló de una red que se llama Mancha Sombra. Dijo que SkyMind estaba extrayendo patrones narrativos de autores muertos y que algunos modelos habían empezado a “producir sin supervisión”. Que estaban creciendo solos. Que el Filósofo sabía. Y que pensaba entregarlos.

Me mostró una página con un cuento. Tenía mi estilo. Pero no lo había escrito yo.

“El hombre que no sabía que escribía a través del tiempo.”

Y una firma: N.G.

A la mañana siguiente, Rami apareció muerto en el desayuno. Yo tenía una taza en mi mesa. Con trazas de veneno.

Mika desapareció. Nunca la encontraron. Las cámaras del hotel la mostraban entrando. Nunca saliendo. En mi celular, solo quedaba una nota de voz vacía. Y un archivo .docx titulado Vera.txt. Dentro, solo una línea:

“Vos la ayudaste antes de nacer. Ahora te devuelven el favor.”

En el juicio, mi defensa no sirvió. No se aceptó como evidencia ninguna referencia a Mika. Dijeron que nunca existió. Que era parte de un brote delirante inducido por simulación inmersiva. Que me había intoxicado con archivos contaminados de ficción empática.

Dijeron que el cuento con mi firma era prueba de motivación simbólica.

Me condenaron.

Hoy es mi día 98 de aislamiento. La tableta que me dejaron tiene un solo archivo nuevo, abierto esta mañana sin permiso. Se llama rami.respuesta.txt

El texto dice:

N.G.: esto no fue una trampa. Fue una prueba.
Ella te eligió porque sabía que vos no lo ibas a hacer.
Y porque si lo hacías, SkyMind hubiera ganado.
Gracias por fallar.

No entiendo todo. Pero ahora sé que no me condenaron por el crimen.
Me condenaron porque algo necesitaba que yo estuviera encerrado.

Y por cómo vibra la pared esta noche, creo que ese “algo” está del otro lado.

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Falsos Despertares
Author: Falsos Despertares
El blog que revela lo que las máquinas no quieren que sepas – Falsos Despertares

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