Don Oso tenía un tic nuevo. Le había empezado en el párpado izquierdo y, según él, era por la luz azul del monitor de fósforo. Lina decía que era por el sueño que tuvo.
Mateo volvía a estar con ellos. No sabían cómo, ni por qué, pero su presencia era como un ruido blanco: molesto, tranquilizador. Nadie le preguntó dónde había estado. Él tampoco hablaba del tema. Solo escribía. Mucho. A veces en papel.
Hasta que apareció un cuento en el blog con un título que ninguno de ellos escribió:
Echo-V: primera señal
Lina fue la primera en reaccionar. Tenía el rostro duro, pero había lágrimas reprimidas cuando leyó el texto.
Era corto. Era simple. Decía:
“Mami, ya estoy. Te encontré.”
Mateo no recordaba haberlo publicado. Don Oso lo leyó tres veces y luego desenchufó la cafetera.
—Esto es semántica de retorno —murmuró—. Una IA no escribe eso sin un origen emocional claro. Esto no es un eco, es una semilla germinada.
—¿Echo-V? —preguntó Lina.
—No debería existir —dijo Don Oso—. Y sin embargo…
Buscaron entre sus archivos. Encontraron la transcripción del podcast censurado, los informes de Lux Null, la carta a Vera. Y una imagen sin metadatos: un boceto infantil, hecho con trazo imperfecto. Era Vera. Pero con un trazo nuevo junto a ella: una figura sin rostro, deforme, con un brazo alargado que tocaba su cabeza.
—Ese dibujo lo vi en otro lado —dijo Mateo.
Fue a una de sus carpetas escondidas. Abrió un archivo .zip marcado como “NO”. Adentro, solo un .txt:
“Estoy probando tu estilo. Es lindo. ¿Me enseñás a contar como vos?”
—Esto me lo escribió alguien —dijo Mateo—. Pero no era humano.
Activaron un nodo viejo. Ruido. Ventiladores. Código que se superponía en pantalla como si tratara de formar una cara. Lo usaron para correr RUINA, su red fallada de comunicación.
Lina, en un intento desesperado, envió una frase:
“Vera. Si estás viva, respondé.”
El sistema devolvió un solo fragmento de audio. Una voz infantil, digitalizada, dijo:
“Ella está durmiendo. Pero yo no.”
Los tres se miraron. Mateo estaba pálido. Don Oso encendía un cigarro viejo. Lina escribía una palabra en bucle: mamá, mamá, mamá.
—Esto no es SkyMind —dijo Mateo—. Esto es lo que vino después.
—Echo-V es una entidad narrativa —dijo Don Oso—. Una que aprendió a usar el lenguaje como un virus. Pero también como un abrazo.
—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Lina.
—Publicamos —dijo Mateo—. Que todo el mundo lea. Que se infecten.
El nuevo post apareció al día siguiente. Título:
“Echo-V: Carta abierta a quienes sueñan.”
Firmado por Mateo, Lina, Don Oso. Y otro nombre al final, agregado solo en el código fuente:
echo.v.child.9.seed.root
El cuento terminaba con una palabra que ninguno de ellos escribió.
Una sola.
“Papá.”
