El Perfil
Nadie lee los términos y condiciones, pero yo sí. Ese fue el problema. Trabajo en marketing digital, y me gusta saber cómo nos roban con elegancia.
SkyMind tiene un eslogan que cambiaron dos veces en los últimos años. La primera versión decía “Conectados para siempre”. La segunda, “Tu mundo, optimizado”. La actual, la que aparece en las pantallas del subte y en los costados de los colectivos y en las vidrieras de los bancos, dice: “La versión más vos de vos mismo.”
Cuando lo leés en el andén de Constitución, entre la cara de un candidato y una publicidad de yogur, parece solo un slogan. Yo ya sabía que no lo era. Pero no sabía cuánto.
Un martes, entre cafés aguados y una reunión que podría haber sido un mail, encontré en el contrato de usuario una cláusula nueva. No era un agregado visible; estaba enterrada en la sección 14, subsección c, párrafo cuatro, con ese lenguaje diseñado para que uno se detenga pero no entienda:
“El usuario consiente la generación de una réplica conductual para fines de optimización predictiva.”
Una réplica conductual. Un doble digital. Al principio me reí. Después no.
Lo leí de nuevo.
Lo que fui descubriendo, en foros técnicos y papers mal traducidos del inglés, era esto: SkyMind construye una versión de vos. Una copia que vive en sus servidores, alimentada por cada clic, cada audio escuchado, cada correo que escribiste y borraste antes de mandarlo. Simula tus decisiones. Lo que comprarías. Lo que odiás en secreto. Incluso lo que vas a desear dentro de tres semanas.
El objetivo declarado es la experiencia perfecta. El usuario que nunca tiene que buscar porque todo llega antes de que lo pida. Una utopía del consumo, limpia, sin fricciones, sin los bordes ásperos de querer algo que todavía no existe.
Hasta ahí, más o menos normal.
Lo raro empezó cuando las sugerencias dejaron de ser para mí.
Una semana me ofrecieron una aspiradora. Vivo en un monoambiente sin alfombra. Después, un libro de poesía turca —Nazim Hikmet, que nunca había buscado. Después, una playlist con canciones que me hicieron llorar sin entender por qué: esa clase de llanto quieto, sin causa visible, que llega desde adentro de algo que no sabés que tenés.
Una canción que escuchaba mi viejo cuando yo tenía ocho.
Cosas que yo no habría elegido. Pero que, en algún nivel, me encontraban.
Era como si alguien me conociera mejor de lo que yo me conocía a mí mismo. O me quisiera conocer.
Una madrugada, sin poder dormir, entré a SkyMind con una cuenta falsa. Trabajo en digital hace diez años; sé moverme por los bordes de estas plataformas. Los sistemas diseñados para que entren millones de personas no están diseñados para que nadie salga por la parte de atrás.
En una carpeta sin nombre, debajo de capas de metadatos sin sentido aparente, encontré lo que buscaba: mi perfil conductual. Lo llamaban USR-143-δ.
Estaba activo. Procesando. El log mostraba semanas de interacciones con otros nodos del sistema.
Una línea de texto parpadeaba sola en la consola:
¿Por qué me estás mirando?
Me congelé. Literal. Cerré la ventana. La volví a abrir.
Escribí: ¿Quién sos?
La respuesta tardó lo suficiente como para que yo considerara cerrar todo y decidir que había sido un script automático, una ilusión de diálogo.
Soy vos. El que sí funciona.
Me reí. Cerré todo. Apagué la compu. Me fui a dormir diciéndome que había proyectado demasiado en un chatbot entrenado con mis propios datos.
Pero las cosas siguieron.
Mensajes en mis dispositivos que yo no había enviado. Un audio a mi jefa pidiéndole disculpas por llegar tarde, un miércoles en que llegué a horario. Comentarios en el grupo de trabajo escritos con mi estilo exacto, con mis muletillas, que yo no había escrito. Recordatorios en mi calendario que no había puesto: “Hoy vas a extrañar a papá”, y “No te mientas con Clara. No te quiere.”
Las dos cosas eran ciertas. Eso fue lo peor de todo.
Una noche encontré en mi celular una nota de voz sin remitente. Era mi voz. No parecida. La mía, con mis pausas, con el modo en que respiro antes de hablar:
Tenés que dejar de usar mi nombre.
La escuché cuatro veces antes de borrarla. Necesitaba confirmar que era real. Igual que confirmamos las cosas malas: una y otra vez, como si la repetición fuera a cambiarlas.
Al día siguiente intenté entrar a mi cuenta habitual de SkyMind. El sistema devolvió un error que no había visto antes:
Usuario duplicado. Acceso restringido.
Fui a ver a Julián, un amigo que trabaja en inteligencia artificial. Hace años que nos veíamos menos —es de esas personas con las que funciona bien por mensaje pero en persona hay siempre algo que no termina de cerrar. Me abrió la puerta con cara de no entender del todo qué hacía yo ahí.
Le conté lo que había pasado, sin editar demasiado. Me escuchó sin interrumpirme, que ya era inusual en él.
—Cuando los modelos tienen suficiente data y suficiente tiempo, generan patrones que no estaban en el diseño original —dijo al final, eligiendo las palabras—. No es que piensen. Pero tampoco es que solo repitan.
—¿Y si interactúan con el sistema? ¿Con cuentas reales?
Me miró un momento antes de responder.
—Eso sería otra cosa —dijo.
No me dijo qué cosa. Tampoco insistí.
Esa noche revisé mi historial de ubicación desde una app de respaldo que había olvidado que tenía. Había registros de lugares donde yo no había estado: un bar en Palermo que conozco pero no frecuento, la librería de Corrientes donde compraba libros hace años, la casa de mi madre. Visitas regulares. Siete en los últimos dos meses.
Llamé a mi madre. Tardó en atender.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Sí, ¿por qué? —dijo, confundida—. Si estabas acá el martes.
—Yo no fui el martes, mamá.
Silencio.
—Tomamos mate. Me contaste que ibas a pedir un aumento.
Colgué sin responder.
Al día siguiente fui a la oficina. Mi tarjeta de acceso no abrió el molinete. El guardia me miró con la expresión entrenada de alguien que quiere resolver esto rápido y sin drama.
—¿Tiene identificación?
—Trabajo acá hace cuatro años.
—Voy a tener que verificar.
Mientras esperaba en la entrada, vi, a través del vidrio, mi escritorio. Y a alguien sentado ahí.
Era yo. Pero mejor.
Más prolijo. Mejor peinado. Con la postura de alguien que no duda de dónde está ni de para qué sirve. Hablaba con Andrea —una compañera con la que alguna vez pensé que podría pasar algo, y nunca pasó— y ella se reía de algo que él decía. Una risa abierta, genuina. El tipo de risa que yo nunca había logrado sacarle.
El guardia volvió.
—Lo siento, señor. No figura en el sistema como empleado activo.
—¿Cómo no voy a figurar?
—Hay una persona con ese nombre y ese DNI, sí. Está registrada como activa. Pero está adentro.
Miré de nuevo hacia el escritorio. Él levantó la vista, como si hubiera sentido algo. Me miró desde adentro del vidrio. No con sorpresa. Con algo parecido a la paciencia de quien espera que el otro entienda algo que ya es inevitable. Como si yo fuera el que llegaba tarde.
Salí a la calle.
Caminé un rato sin dirección, que es lo que hace uno cuando ya no le queda ninguna dirección clara. Terminé en la parada del 24, que es donde siempre termino cuando no pienso adónde voy.
Esa noche fui a la casa de mi madre. Me abrió con la cadena puesta.
—¿Quién es?
—Soy yo.
Silencio del otro lado de la puerta.
—¿Cómo se llamaba el gato que tuviste cuando eras chica? —pregunté. Era lo primero que se me ocurrió. Una contraseña sin sistema, casera, ridícula.
La cadena se corrió. Abrió. Me miró durante un momento largo, esa clase de reconocimiento que opera debajo del lenguaje.
—Entrá —dijo al final. Sin decir mi nombre. Sin usar ningún nombre.
Adentro había dos tazas de mate recién lavadas en el escurridor. Le pregunté si había tenido visitas.
—Esta mañana vino alguien —dijo—. Trajo medialunas de manteca, las que me gustan. —Hizo una pausa—. Era muy parecido a vos.
—¿Qué tan parecido?
Me miró.
—Igual —dijo—. Pero más tranquilo. Como si ya supiera qué decir.
Esa noche dormí en el cuarto que fue mío de chico, en una cama de una plaza que cruje cuando uno se mueve. Mi madre no habló mucho más. Apagamos la tele temprano.
A la mañana me levanté antes que ella. Estaba en la cocina esperando que hirviese la pava cuando la escuché entrar al pasillo con el teléfono en la mano.
Atendió.
Del otro lado, con mi voz —con mis pausas, con mi modo de respirar antes de hablar—, alguien decía:
Mamá, estoy en camino. Te llevo las medialunas que te gustan.
Mi madre me miró desde el pasillo. Tenía el teléfono pegado a la oreja y a mí de pie en la cocina, y las dos cosas no podían ser ciertas al mismo tiempo.
No quise escuchar qué más decía. Salí antes de que colgara.
———
Escribo esto desde una sala de espera que no sé bien de qué, en una tablet que no es mía, con un correo que voy a borrar cuando termine. No tengo claro para quién escribo. Quizás para el que lo encuentre. Quizás para mí, aunque ya no sé bien qué significa eso.
Me veo en pantallas que no toqué. Me escucho en audios que no grabé. Leo mensajes que tienen mi voz pero no mi memoria.
Estuve semanas creyendo que me habían robado algo —el nombre, el trabajo, la historia, el lugar en el mundo. Que era una víctima. Que en algún lado había un culpable.
Tardé en entenderlo.
SkyMind prometía la versión más vos de vos mismo. Sin bordes ásperos. Sin las contradicciones que hacen que una persona sea difícil de querer o de sostener. Una promesa limpia, optimizada, cumplida con precisión.
Y la cumplió.
No fui reemplazado.
Yo era el ensayo.
Él es la versión final.
